Proyecto que rescata el patrimonio del Ex-Ferrocarril Militar que cruzaba los pueblos del Cajón del Maipo

Texto: Benjamín Bustos / Imágenes: Ferrocrriles Cono Sur- Solange Cid

La historia del ferrocarril está asociada a los logros nacionales, el ferrocarril siempre fue mucho más que un medio de transporte, sus ramales interiores conectaban el Chile más desarrollado con las localidades más apartadas. Que las distintas rutas ferroviarias hoy sean patrimonio y paisaje, es justamente porque ocuparon los lugares más importantes de Chile” 

Locomotora a vapor “La Panchita” Puente Alto, 1910.

Dedal de Oro asistió al lanzamiento del libro Atlas Visual “Patrimonio del Paisaje Ferroviario Maipo 60 x60”. Proyecto financiado por FONDART y dirigido por la Arquitecta Sandra Iturriaga, que rescata, por medio de un catálogo de imágenes, mapas, y cronologías, el patrimonio del Tren que conectaba los distintos poblados del Cajón del Maipo.

La ceremonia fue inaugurada por las palabras del Decano de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos UC, Mario Ubilla, quién nos trajo al presente la importancia del Ferrocarril en nuestro pasado nacional

La historia del ferrocarril está asociada a los logros nacionales, el ferrocarril siempre fue mucho más que un medio de transporte, sus ramales interiores conectaban el Chile más desarrollado con las localidades más apartadas. Que las distintas rutas ferroviarias hoy sean patrimonio y paisaje, es justamente porque ocuparon los lugares más importantes de Chile. Junto al ejercicio de la soberanía, estuvo ligada al ejercicio de ciudadanía en torno a diversos poblados que la línea ferroviaria tocaba. Conectaron al país y en su entorno se generaron diversidad de culturas, costumbres, actividades y potencialidades de distintos territorios.

Las nuevas generaciones, desgraciadamente, crecen muchas veces sin ese acervo cultural, sin esa vivencia, lo que nos lleva a pensar también en que el legado que mora en las antiguas generaciones, através de sus experiencias y vivencias son también patrimonio de nuestro país y de nuestra sociedad.”

Estación El Volcán 1913

El lanzamiento también contó con la participación de Bonomo, Director del Centro del Patrimonio Cultural quien expuso “ La descripción de un objeto es capaz de evocarnos a todos los objetos, a todos los lugares, a todos los tiempos, eso hace el patrimonio. Los lugares nos recuerdan historias, momentos, colores y sensaciones. Así como una canción o un olor es capaz de hacernos viajar en la memoria, el tiempo y el espacio.” Y agregó “no es posible separar el patrimonio material, los edificios, el pasaje del patrimonio inmaterial, nuestras historias, costumbres y tradiciones. Este trabajo tiene como finalidad levantar, dibujar, recolectar y reconstruir la memoria de estos lugares. Para que no sean olvidados, para que no se pierdan y se destruyan.”

Además, la directora del proyecto Sandra Iturraga, nos compartió en su discurso extractos de su trabajo que nos hablan del origen de este histórico tren:

El ramal ferroviario Puente Alto- El Volcán, llamado Ferrocarril Militar, constituye una historia ejemplar de casi noventa años desde los primeros pasos para su implementación a fines del siglo XIX, que contribuyó de manera decisiva a la conectividad y desarrollo de las localidades emplazadas en el cajón cordillerano del río Maipo durante sus años de funcionamiento, dejando una huella y memoria viva en sus habitantes hasta hoy. Ya en su libro A través de los Andes Benjamín Vicuña Mackenna imaginaba el potencial de esta línea ferroviaria trasandina, que permitiría conectar Santiago y Mendoza remontando este cajón cordillerano, emulando una alternativa que mucho tiempo antes ya usaban los arrieros a lomo de caballo. Si bien esta condición de atravieso por los Andes nunca llegó a concretarse, lo cierto es que el Ferrocarril Puente Alto- El Volcám inaguró una nueva medida del territorio a lo largo de 60 km por la ribera norte del río Maipo, abriendo nuevas posibilidades para el desarrollo de esta zona y permitiendo que quienes circulaban por él fueran testigos privilegiados del paisaje del río en cercanía con las altas cumbres.

Hoy asistimos a una nueva fase de este ramal ferroviario luego de ser desmantelado a fines de la década de los 80 – al igual que muchos otros a lo largo de Chile – pero que, sin embargo, mantienen la oportunidad latente de construir rutas verdes que permitan seguir conectando territorios y develando fragmentos de paisaje que ellos mismos ayudaron a construir”

Proyecto de Ferrocarril San Bernando- El Volcán.

¿Por qué un Atlas? La Arquitecta Sandra Iturraga nos habla de la relevancia del término :

¿Qué tiene el atlas que sea capaz de levantar o revalorizar el patrimonio construido?

Siempre traigo a colación el Atlas de la Historia Física y política de Chile, que fue un esfuerzo enorme de Claudio Gay del siglo XIX, que suponía no solo repertoriar un territorio a partir de su localización y registro sino también entender esas cartografía como una identidad del territorio. Junto con representar la realidad sus mapas fueron una anticipación de una nueva realidad, es decir, se transforman en modelos y guías para acciones futuras de un joven Estado Republicano

Un atlas, un levantamiento del territorio, saber cuales son sus piezas significativas, sus componentes más esenciales del ferrocarril, es volver a entender su potencialidad futura.“La representación de un territorio es el inicio de su transformación”

Nuestro esfuerzo fue repertoriar la ruta dentro de un año, entender la potencialidad en los tramos que sí lo permiten . Nos permitió, por primera vez saber cuantas piezas, cuantos componentes, cuantas estaciones, no había una visión sistemática del ferrocarril, nuestro primer esfuerzo fue sistematizar la información oral, que ya se esta perdiendo. Para nosotros descubrir este territorio patrimonial fue un enorme hallazgo, porque en realidad solíamos hablar de unas pocas estaciones y en realidad es un conjunto importante de 10 estaciones, 20 puentes que son tan importantes como las propias estaciones, el túnel Tínoco y muchos puentes muy invisibilizados dentro de sus propios territorios.”

El Alcalde de la comuna de San José de Maipo, Luis Pezoa y la Gobernadora de la Provincia Cordillera, Mireya Chocair igualmente estuvieron presentes en la ceremonia, esta última afirmó:

Un concepto de modernidad mal entendida, no solo hizo desaparecer las máquinas, las líneas y las estaciones, sino que todo aquel patrimonio inmaterial asociado a su funcionamiento. No era la primera vez, décadas antes el ferrocarril Llano del Maipo sufrió la misma suerte, ironía del destino que la Línea 4 del actual metro sigue el mismo trazado de aquel ferrocarril, para todos los que llevamos el Cajón del Maipo como parte de nuestras vidas y nos sentimos orgullosos de su naturaleza humana, natural y social, el lanzamiento de esta publicación nos llena de alegría y también de esperanza.”

En su discurso la directora del proyecto, Sandra Iturraga, reconoció a las personas de la localidad de San José de Maipo que han trabajado en el rescate de el patrimonio ferroviario:

Los esfuerzos que valen la pena son siempre colectivos. Hubo personas importantes que hicieron que esto pudiera volverse un esfuerzo conjunto, personas de la misma localidad de San José de Maipo. Entre ellos don Luis León Vera, que constituye casi una memoria viva de lo que es el Ferrocarril Militar, también a Humberto Espinosa, que con su conocimiento y su acervo cultural y con su Libro el Patrimonio del Cajón del Maipo, constituye una bibliografía cercana y una forma de entrar a territorios cerca de Santiago pero que nos son absolutamente desconocidos. También agradecer a Martín Mellado, por el gran respaldo que ha prestado a la iniciativa Ave Fénix, porque muchas veces los esfuerzos privados son los que hacen la diferencia, cuando hay alguien interesado genuinamente, recoge la iniciativa, se suma a ella y se involucra con pasión y corazón. Los 20 o 30 km que separan a Santiago del Cajón del Maipo, es una distancia no solo física, sino que también es cultural.”

Publicado en Revista Dedal de Oro N° 79. Primavera 2018.

Proyecto pionero permite reintroducir guanacos en el Cajón del Maipo

Texto: Hector Rojas / Fotos: Matías Guerrero, Ernesto Ortiz

Con la liberación de dos ejemplares de cuatro años de edad, se dio inicio a la primera fase de una iniciativa que busca, en un plazo no superior a dos años, liberar una manada viable en una zona donde la especie fue perseguida prácticamente hasta su desaparición.

Liberación guanacos en el Santuario de la Naturaleza Cascada de las Ánimas

“Estamos escribiendo en un libro en blanco”. Así de categórico, el biólogo del Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB), Matías Guerrero, cuenta a Dedal de Oro los detalles del innovador proyecto en el que está involucrado y que busca reintroducir una manda viable de guanacos en el Cajón del Maipo. Y es que, según asegura, no existen precedentes de una experiencia similar en el país.

La iniciativa tiene lugar en el el marco de un ambicioso plan que apunta a la restauración del ecosistema mediterráneo de la zona central de Chile, liderado por el IEB. Los intentos por reintroducir la especie nativa se dan a casi medio siglo que ésta fuese virtualmente extirpada de debido a la caza indiscriminada, la pérdida del hábitat natural, la urbanización y la introducción del ganado doméstico.

La primera fase del proyecto ha sido un éxito. Consistió en la liberación de dos ejemplares de cuatro años de edad en el Santuario de la Naturaleza Cascada de las Ánimas. El primero, en julio de 2017 y el segundo en febrero de este año. Según cuenta el científico ambos ejemplares fueron donados por un criadero de la Universidad Católica ubicado en Pirque. Son machos y están esterilizados ya que su liberación busca determinar la forma en la que se relacionan con el bosque esclerófilo, formación vegetal propia de Chile. Y lo más importante, viven en completa libertad pese al temor que existía en un comienzo por su seguridad.

Ninguno de los dos tiene nombre, por lo que los organizadores de la iniciativa se preparan a lanzar una campaña para bautizarlos e involucrar, de esta manera, a la comunidad de San José de Maipo. Los ganadores serán favorecidos con paseos de avistamiento de los ejemplares en su, hoy, hábitat natural.

“La introducción del guanaco traerá efectos positivos directos en la restauración del ecosistema. Estos camélidos son jardineros naturales. Al ser el único herbívoro nativo de la zona, cumplía una función clave en el ecosistema como dispersor de semillas y generador de caminos y defecaderos, lo que permitía la germinación de diversas especies de flora y el enriquecimiento del suelo, en beneficio directo del bosque esclerófilo”, relata el biólogo a cargo de la iniciativa.

Hasta que partió este proyecto, la presencia de guanacos en la zona central del país y más específicamente en el Cajón del Maipo era prácticamente anecdótica o estacional debido a la presencia de una manada en particular proveniente de Argentina que migra a Chile algunos meses del año pero que jamás se queda (ver recuardo).

“Fue una etapa larga y difícil el escoger dónde íbamos a liberar estos dos primeros ejemplares. Cascada de las Ánimas resultó el más idóneo pues no hay registro de la presencia del depredador exótico del guanaco: el perro asilvestrado. Están completamente en libertad, recuperaron su institnto, pese a provenir de un criadero, tienen cada uno su hogar específico, cuentan con alimento y agua suficiente. Todo marcha bien hasta ahora. Hemos visto sus huellas, sus defecaderos, y sus baños de polvo que utilizan para el control de parásitos. Cuentan con un territorio de unas 100 hectáreas”, cuenta Matías Guerreo.

Actualmente el equipo a cargo del proyecto busca obtener fondos necesarios para instalarles a los ejemplares collares GPS que permitirán monitorearlos en tiempo real, conocer sus movimientos migratorios en distintas épocas del año, la altura a la que se movilizan y otros datos que permitirán obtener la información necesaria para dar el vamos a la siguiente fase. Porque el plan es aún más ambicioso.

Fase II: Una manada viable y permanente

El plan contempla la introducción de una manada completa, viable y permanente, posiblemente en el mismo sector donde fueron liberados los dos primeros ejemplares.

“La idea es, en un plazo de dos años, reintroducir una manada viable (reproductiva) compuesta por un macho alfa y ocho o nueve hembras. Existen grandes desafíos, desde conseguir la donación de los especímenes, para lo cual estamos en conversaciones con un criadero en La Ligua, su traslado a la zona, el equipo humanos -ecólogo, veterinario, experto en conducta, etc.- que estará destinado a su cuidado, etc. Calculamos que se requiere de una inversión cercana a los $ 15 millones poner en marcha esta etapa.

Esta iniciativa, junto con acelerar la recuperación del bosque esclerófilo y la gran cantidad de especies endémicas, permitirá aumentar contar con estos hermosos animales nuevamente en la zona central del país y, específicamente, en el Cajón del Maipo. El guanaco es el mamífero terrestre más grande de Chile. Posee dos categorías de conservación dependiendo del lugar en que habite: en el norte, centro y sur se encuentra en estado “vulnerable”, en el extremo sur, entre Aysén y Magallanes, está clasificado como “preocupación menor”. Allí se concentra alrededor del 60% de la población total del país. Sus pezuñas delgadas y suaves no degradan el suelo a diferencia del ganado.

Publicado en Revista Dedal de Oro N° 79. Primavera 2018.

CHARLES DARWIN: VIAJE POR EL CAJÓN DEL MAIPO

Texto: Cecilia Sandana González / Imágenes: Elliott & Fry / Memoria Chilena

Charles Robert Darwin (1809-1882) fue un naturalista inglés que postuló la evolución de las especies mediante el proceso de selección natural, con lo que el pensamiento científico sufrió una revolucionaria transformación, constituyendo la base de la ciencia biológica moderna. Su obra fundamental fue “El origen de las especies”, publicada en 1859. Darwin, a la edad de 22 años, visitó América, Chile, y el Cajón del Maipo también fue uno de sus destinos.

En 1831 le fue propuesto embarcarse en el Beagle acompañando al capitán Fitz Roy en una expedición para cartografiar las costas de América del Sur, siendo a la vez otra de las misiones el retornar a tres nativos yaganes a Tierra del Fuego, que habían sido llevados a Europa con el objeto de “recibir educación para que sirvieran como misioneros entre los naturales”. El viaje duró casi cinco años, en los que el joven naturalista se dedicó a investigar y recopilar ejemplares de la flora y la fauna.

Comenzó a adquirir conocimientos sobre la naturaleza realizando comparaciones, descubriendo especies naturales y sus características, pero también se asombró de los problemas sociales, políticos y antropológicos de los nativos y los criollos. Los registros tomados en el viaje los manifestó en “El diario de viaje del Beagle”.

En el Cajón del Maipo estuvo cinco días. Lo recorrió apresurado por la fecha; las lluvias podían llegar pronto, sin embargo logró análisis relevantes que nos muestran nuestra tierra, y que le sirvieron como bases para sus futuros planteamientos, que cambiaron para siempre los paradigmas científicos. Su paso por esta localidad se hizo necesario para usar el cruce fronterizo de Piuquenes, para llegar a Argentina, de acuerdo a lo que tiene considerado en su ruta.
A continuación entregamos textualmente lo escrito por Darwin. Describe geográficamente el valle del Maipo, el comportamiento de su gente, la aduana de El Manzano (la que podemos observar hasta el día de hoy), a los arrieros y su fiel compañera, la “madrina”, analizando así cada cosa que observó:

Charles Darwin

18 de marzo: Nos decidimos a atravesar el paso del Portillo. Al salir de Santiago recorremos la inmensa llanura, tostada por el sol, donde se encuentra esta población, y por la tarde llegamos al Maypu [Maipo], uno de los principales ríos de Chile. En el punto en que penetra el valle en la cordillera está limitado por ambos lados por altas montañas peladas; aunque muy poco extenso es fértil. A cada paso se encuentran tierras labradas, viñedos, manzanos y albérchigos, cuyas ramas se desgajan bajo el peso de los magníficos frutos maduros. Por la tarde llegamos a la Aduana [se estima que debe ser la aduana de El Manzano], donde examinan nuestros equipajes. Mejor defendida está la frontera de Chile por la cordillera, que pudiera estarlo por las aguas del océano. Muy pocos valles se extienden hasta la cadena central y las bestias de carga no pueden seguir ningún otro camino. Los aduaneros se muestran muy corteses; tal vez procedía esta finura del pasaporte que me había dado el Presidente de la República; pero puesto que me ocupo de este asunto, debo expresar mi admiración por la natural finura de todos los chilenos. En este caso particular de los aduaneros, contrastaba mucho con lo que se encuentra en el género, en casi todos los países del mundo. Recuerdo un hecho que me llamó mucho la atención cuando sucedió: nos encontramos cerca de Mendoza, una negrilla muy gorda montada en un mulo. Tenía esta mujer una papada tan enorme, que no era posible dejar de mirarla algunos momentos; y mis dos acompañantes, para excusarse sin duda, de tales miradas descorteses, la saludaron como se acostumbra en el país quitándose los sombreros. ¿Dónde se hubiera encontrado, en Europa, ni en las clases más elevadas, tales miramientos con una criatura perteneciente a una raza degradada?

Pasamos la noche en un haza. Estábamos perfectamente independientes, lo que en viaje es delicioso. En las regiones habitadas compramos un poco de leña para hacer lumbre, alquilamos un prado para que pastaran nuestros mulos, y establecimos nuestro vivac en un ángulo del terreno. Nos habíamos provisto de una marmita de hierro, donde preparar la comida que consumimos a cielo abierto, sin tener que depender de nadie.

Tenía por acompañante a Mariano González, que ya me había acompañado en las excursiones por Chile, y un «arriero» con diez mulas y una «madrina». La madrina es un personaje muy importante: es una burra vieja muy pacífica, que lleva colgada del cuello una campanilla; por donde quiera que ésta va, siguen las mulas como buenas muchachas. La atracción de estos animales por la madrina evita muchos cuidados. Cuando se dejan paciendo en un campo varias recuas de mulos, no tienen los muleros más que llevar las madrinas al prado, y, separándose unos de otros, sonar las campanillas; aunque haya 200 ó 300 mulas en el prado, cada una conoce el sonido de la campana de su madrina, y acude a situarse detrás de ella. Una mula vieja es casi imposible de perder; pues aunque se la retenga muchas horas, acabará por escaparse, y lo mismo que un perro sigue la pista de sus compañeras y las alcanza, o mejor dicho, si hemos de creer a los muleros, sigue la pista a la madrina, que es el objeto principal de sus afectos. No creo, sin embargo, que ese sentimiento de afecto tenga carácter individual; paréceme que cualquiera otro animal que llevase campanilla podría servir de madrina.

Cada mula puede llevar, en país llano, 416 libras (189 kilogramos); pero en país montañoso lleva 100 libras (45 kilogramos) menos. ¡No se diría que un animal de aspecto tan delicado pudiese llevar una carga tan pesada! La mula me ha parecido siempre un animal muy sorprendente. Un híbrido que tiene más razón, más memoria, más alientos, más afecciones sociales, más potencia muscular, que vive más tiempo que sus padres; todo eso parece indicar que en este caso se ha sobrepuesto el arte a la naturaleza. De los diez animales que llevamos, reservamos seis para monturas; los otro cuatro llevan los equipajes por turno. Hemos tomado cantidad bastante de provisiones, por el temor de que nos bloqueasen las nieves; puesto que comenzaba a ser un poco avanzada la estación para atravesar el Portillo.

19 de marzo. Dejamos atrás la última casa habitada del valle, muy diseminadas ya desde hace algún tiempo, a pesar de que allí donde el riego es posible, el terreno es muy fértil. Todos los grandes valles de la cordillera tienen el mismo carácter; a cada lado se extiende una faja o terraza de guijarros y arena dispuestos en capas groseras que tienen, por lo común, considerable espesor. Esas terrazas formaban, sin duda, antes, todo el ancho del valle, como lo prueba el que los valles de Chile septentrional, en que no hay torrentes, los llenan por completo estas capas. El camino pasa por entre estas terrazas, que se elevan en suave pendiente; a poco que haya algún agua para regarlas, se las cultiva fácilmente. Siguen hasta una altura de 7.000 a 9.000 pies, y después desaparecen bajo masas de detritus. En el extremo inferior de los valles, que podríamos llamar su desembocadura, se confunden las terrazas con las llanuras interiores, cuyo suelo está también formado por guijarros; llanuras que se encuentran al pie de la cadena principal de las cordilleras y que he descrito en un capítulo anterior. Estas llanuras, que forman uno de los rasgos característicos de Chile, han sido formadas, sin duda, cuando penetraba el mar hasta el interior de las tierras, del mismo modo que hoy escota las costas meridionales. Ninguna parte de la geología de América meridional me ha interesado tanto como estas terrazas de guijarros groseramente estratificadas. Por su composición se parecen de todo en todo a los materiales que pudieran depositar en los valles torrentes detenidos en su curso por una causa tal como un lago o un brazo de mar. Hoy, en lugar de formar depósitos, los torrentes minan y destruyen las rocas y los depósitos de aluvión incesantemente, en todos los valles, grandes o pequeños. Estoy convencido, aun cuando no pueda exponer aquí todas las razones que me han conducido a este convencimiento, de que estas terrazas de guijarros se han acumulado durante la elevación gradual de la cordillera, habiendo depositado los torrentes sus detritus a niveles sucesivos en la orilla de estrechos y largos brazos de mar, primero, en la cima de los valles, después, cada vez más abajo, a medida que el terreno se elevaba gradualmente. Si así es, y a mí no me cabe duda, la gran cadena de las cordilleras, en lugar de haber surgido de repente como creían antes todos los geólogos, y todavía hoy muchos, se ha levantado lenta y gradualmente, del mismo modo que lo han sido las costas del Atlántico y del Pacífico en un período muy reciente. Adoptando este modo de ver pueden explicarse con facilidad una multitud de hechos relativos a la estructura de las cordilleras. A los ríos que corren en estos valles convendría mejor el nombre de torrentes. Su lecho tiene considerable pendiente, y sus aguas el color del barro. El Maypu lleva su furiosa carrera por un cauce de gruesos cantos redondeados que producen un rugido semejante al del mar. En medio del choque de las aguas, que se estrellan por todas partes, se distingue con gran claridad, y hasta a mucha distancia, el ruido de las piedras que rozan unas con otras día y noche en toda la extensión del torrente. ¡Qué elocuencia tiene para el geólogo ese ruido triste y uniforme de millares y millares de piedras frotándose entre sí y precipitándose todas en la misma dirección! A nuestro pesar, este espectáculo hace pensar en el tiempo. ¡Y pensar que cada minuto que transcurre se ha perdido para siempre! ¿Qué es el océano para estas piedras, sino la eternidad; y cada nota de esa música salvaje, qué es sino el signo de que cada piedra ha dado un paso hacia su destino?

El espíritu se acostumbra con mucha dificultad a comprender todos los efectos de una causa que se reproduce tantas y tan repetidas veces. Siempre que he visto capas de lodo, de arena y de grava que alcanzaban espesores de varios miles de pies, mi primera impresión ha sido extasiarme pensando en la impotencia de nuestros ríos actuales para producir tales efectos de denudación y de acumulo. Después, escuchando el ruido de estos torrentes, acordándome de que han desaparecido de la superficie de la tierra razas enteras de animales, y que durante todo ese tiempo han estado rodando y rodando esas piedras día y noche, rompiéndose unas contra las otras, me inclino a preguntarme: ¿cómo es que no ya las montañas, sino los continentes pueden resistir esta labor destructora?

Las montañas que limitan esta parte del valle tienen de 3 a 6 y hasta 8.000 pies de altura, son redondeadas y de faldas enteramente desnudas. Por doquiera es la roca rojiza y sus capas muy determinadas. No puede decirse que sea el paisaje hermoso, pero es grandioso y severo. Encontramos varias manadas de toros conducidos por algunos hombres desde los valles más altos de la cordillera. Este signo de la proximidad del invierno nos hace avanzar más deprisa tal vez de lo que a un geólogo conviene. La casa donde pasamos la noche está situada al pie de una montaña en cuyo vértice se encuentran las minas de San Pedro Nolasco. Sir J. Head se pregunta con extrañeza cómo ha sido descubrir minas en situación tan extraordinaria como el árido vértice de la montaña de San Pedro Nolasco. En primer lugar, las venas metálicas son, por lo común, mucho más duras que las rocas circunyacentes, por lo cual, a medida que se disgregan las montañas, van apareciendo esas venas en la superficie. En segundo lugar, casi todos los campesinos, sobre todo en las regiones septentrionales de Chile saben reconocer muy bien los minerales. En las provincias de Coquimbo y de Copiapó, donde tan abundantes son las minas, es muy rara la leña, y los habitantes exploran montes y valles para encontrarla, y así es como se han descubierto casi todas las minas más ricas. Un día tira un hombre una piedra a su borrico para que avance; pero piensa después en que pesaba aquella piedra más de lo ordinario y la vuelve a coger: era un lingote de plata; a poca distancia encuentra la vena que se elevaba como un verdadero muro de metal: había descubierto la mina de Chamucillo (Chañarcillo), que produjo en unos cuantos años varios millones de francos, de plata. Muchas veces también van los mineros los domingos a pasearse por la montaña armados de una espiocha. En la parte meridional de Chile, en que me encuentro, los que suelen descubrir las minas son los pastores que conducen los ganados.

20 de marzo. A medida que ascendemos, en el valle va haciéndose cada vez más rara la vegetación; casi no se encuentran más que algunas flores alpestres muy bonitas. Apenas si aparece un cuadrúpedo, un pájaro, ni un insecto. Las montañas altas que tienen restos de nieve se destacan muy bien unas de otras; una capa inmensa de aluvión estratificado llena los valles. Si tuviese que indicar los caracteres que más me han chocado en los Andes y no he encontrado en las otras cadenas de montañas que he recorrido citaría: las fajas llanas (terrazas) que forman a veces cintas estrechas a cada lado de los valles; los colores brillantes, en particular rojo y púrpura de las rocas de pórfido enteramente peladas y que se elevan verticales; los grandes diques continuos que parecen muros; las capas muy distintas que cuando están derechas y casi verticales forman las puntas centrales tan abruptas y pintorescas, pero que si se hallan inclinadas en pendientes más suaves componen los macizos montañosos del exterior de la cadena; y, por último, las pilas cónicas de detritus brillantemente coloreados que en pendiente rápida se elevan desde la base de las montañas hasta una altura de más de 2.000 pies.

En la Tierra del Fuego y en los Andes he observado muchas veces que dondequiera que la roca está cubierta de nieve mucha parte del año, se halla triturada en muchos fragmentos pequeños angulares. Scoresby ha observado lo mismo en Spitzberg. Difícil me parece explicar este fenómeno; pues, la parte de la montaña protegida por una capa de nieve debe estar menos expuesta que ninguna otra a grandes y frecuentes cambios de temperatura. Algunas veces he pensado que la tierra y los fragmentos de piedras que en la superficie se encuentran, desaparecen quizá con menos prisa bajo la acción de la nieve que se funde poco a poco y se infiltra en el terreno, que no bajo la acción de la lluvia, y, por lo tanto, la apariencia de desintegración más rápida de la roca bajo la nieve, es absolutamente engañosa. Cualquiera que sea la causa, ello es que se encuentran grandes cantidades de piedras trituradas en las cordilleras. En la primavera, hay ocasiones en que se deslizan a lo largo de las montañas enormes masas de detritus, y cubren los montones de nieve que hay en los valles, formando de ese modo verdaderos ventisqueros naturales. Hemos pasado por encima de uno de estos ventisqueros, situado mucho más bajo que el límite de las nieves perpetuas.

Por la tarde llegamos a una llanura especial muy parecida a una depresión, que se llama el Valle del Yeso. Hay en él hierbas secas y encontramos una manada de toros errando a la aventura entre las rocas de los alrededores. El nombre que dan a este valle proviene de una capa considerable (tiene lo menos 2.000 pies de espesor) de yeso blanco casi completamente puro en muchos puntos. Pasamos la noche con una cuadrilla de obreros ocupados en cargar mulos de esta materia que se emplea en la fabricación del vino.

Habiendo salido el 21 muy temprano caminamos siempre remontando el río que va perdiendo importancia poco a poco, hasta que llegamos al fin, al pie de la cadena que separa la depresión del océano Pacífico de la del océano Atlántico. El camino, bastante bueno hasta entonces, aunque en verdad subiendo siempre, pero gradualmente, cambia entonces, convirtiéndose en un sendero en zigzag, que trepa por las faldas de la gran cadena que separa a Chile de la República de Mendoza.

Preciso es que haga en este lugar breves observaciones sobre la geología de las diferentes cadenas que forman la cordillera. Dos de estas cadenas son mucho más altas que las demás; hacia Chile la cadena del Peuquenes, que en el punto que la atraviesa el camino adquiere una altura de 13.210 pies (3.950 metros) sobre el nivel del mar, y hacia Mendoza la cadena del Portillo que llega a 14.305 pies (4.292 metros). Las capas inferiores de la cadena de Peuquenes y de otras vanas grandes cadenas al oeste, están compuestas de inmensas masas, de varios miles de pies de espesor, de pórfidos, que han corrido como lavas submarinas, alternando con fragmentos angulares y redondeados de rocas de la misma naturaleza arrojadas por cráteres submarinos. Estas masas alternantes están cubiertas, en las partes centrales, por capas inmensas también de gres rojo, de conglomerados y de esquisto arcilloso, que se confunden en su parte superior con las colosales capas de yeso que sobre él descansan. En esas capas superiores se encuentran conchas en gran número, y que pertenecen casi al mismo período que las cretas inferiores de Europa. Nada tiene de nuevo el espectáculo, pero siempre causa extrañeza grande, encontrar a muy cerca de 14.000 pies sobre el nivel del mar, conchas y restos de animales que en otros tiempos se arrastraban por el fondo de las aguas. Las capas inferiores han sido dislocadas, cocidas, cristalizadas y casi confundidas entre sí por la acción de enormes masas de un granito blanco de base de sosa y muy particular.

La otra cadena principal, es decir, la del Portillo, es de formación enteramente diversa; lo principal de ella son tremendos picos de granito rojo, cuya parte inferior, en el lado occidental, está cubierto por gres transformado por el calor en cuarzo. Sobre éste descansan capas de conglomerados que tienen muchos miles de pies de espesor, y han sido levantados por la erupción del granito rojo inclinándose hacia la cadena del Peuquenes bajo un ángulo de 45. Mucho me extrañó encontrar que este conglomerado se componía en parte de fragmentos procedentes de las rocas del Peuquenes con sus mismas conchas fósiles, y en parte de granito rojo como el del Portillo. Esto nos lleva a concluir que las dos cadenas se hallaban en partes elevadas y expuestas a las influencias de la intemperie en el momento de la formación del conglomerado; pero como las capas de éste han sido desviadas en un ángulo de 45° por el granito rojo del Portillo, y debajo se encuentra el gres transformado por el calor en cuarzo, podemos asegurar que la mayor parte de la inyección y del levantamiento de la cadena ya en parte formada del Portillo, se ha producido después del acumulo del conglomerado y mucho después del levantamiento de la del Peuquenes. De modo que el Portillo, cadena más elevada de esta parte de la cordillera, no es tan antigua como el Peuquenes, menos elevado que él.

Una capa de lava inclinada hacia la base oriental del Portillo podría servir para probar, además, que esta última cadena debe en parte su gran altura a levantamientos de fecha todavía más reciente. Si se examina su origen parece que el granito ha sido inyectado en una capa preexistente de granito blanco y de micasquisto. Puede afirmarse que en la mayor parte, si no en toda la cordillera, cada cadena se ha formado por levantamientos e inyecciones reiteradas, y que las diferentes cadenas paralelas tienen edades distintas. Sólo así podemos explicarnos el tiempo que se ha necesitado para originar la denudación, en realidad sorprendente, de estas inmensas cadenas de montañas, tan recientes, sin embargo, comparadas con otras muchas.

Por último, las conchas que se encuentran en la cadena del Peuquenes o cadena más antigua, prueban, como antes he indicado, que ha sido levantada a la altitud de 14.000 pies (4.200 metros) después de un período secundario que en Europa consideramos como poco antiguo. Pero, por otra parte, puesto que esas conchas han vivido en un mar moderadamente profundo, podría probarse que la superficie que hoy ocupa la cordillera ha tenido que descender varios miles de pies en Chile septentrional, 6.000 pies al menos para permitir formarse a este espesor de capas submarinas encima de las capas sobre que las conchas vivían. Con sólo repetir las razones que he dado antes, podría probar que, en un período mucho más reciente, desde la época de las conchas terciarias de la Patagonia, ha debido haber en esta región un descenso de varios cientos de pies, y después un levantamiento subsiguiente. En resumen, en todas partes halla el geólogo pruebas de que nada es, ni aun el viento, tan mudable como el nivel de la corteza terrestre.

Sólo añadiré una observación geológica. Aunque la cadena del Portillo esté aquí más alta que la del Peuquenes, las aguas de los valles intermedios se abren paso al través. El mismo hecho se ha observado, aunque en mayor escala, en la cadena oriental, mucho más elevada, de la cordillera de Bolivia que atraviesan también los ríos. En otras partes del mundo se ven hechos análogos. Puede explicarse el hecho fácilmente si se supone la elevación gradual y subsiguiente de la cadena del Portillo: en efecto, primero ha debido formarse una cadena de islotes; después, y mientras que se iban levantando, han debido tallar entre ellos las mareas canales cada vez más anchos y profundos. Todavía hoy en los canales más apartados en la costa de la Tierra del Fuego, las corrientes transversales que unen los canales longitudinales son violentísimos, tanto, que en uno de esos canales transversales un barco pequeño de vela cogido de lado por la corriente ha dado varias vueltas sobre sí mismo.

Hacia el mediodía comenzamos la fatigosa ascensión del Peuquenes; por primera vez experimentamos alguna dificultad para respirar. Las mulas se detienen cada 50 metros, y cuando han tomado unos instantes de reposo, los pobres animales, llenos de buena voluntad, prosiguen su marcha sin necesidad de obligarlos. Los chilenos llaman puna a la ansiedad que produce la rarefacción del aire, y explican el fenómeno de la manera más ridícula. Según unos, todas las aguas del país producen el puna; otros creen que donde hay nieve es donde hay puna, y así ocurre en realidad. La única sensación que he experimentado, ha sido ligera pesadez en las regiones temporales y en el pecho; y en suma, puede compararse esta sensación a la que se experimenta al salir de una habitación muy caldeada y respirar de pronto el aire libre durante una helada fuerte.

Hasta creo que la imaginación entra también por algo, puesto que si tengo yo la fortuna de encontrar fósiles en el paso elevado, en el acto me hubiese olvidado del puna. Es cierto, sin embargo, que se hace difícil la marcha y laboriosa la respiración. Me han dicho que en Potosí (a unos 13.000 pies, 3.900 metros sobre el nivel del mar) no se acostumbran por completo los extranjeros a la atmósfera, ni al cabo de un año. Todos los habitantes recomiendan la cebolla como remedio contra el puna. En Europa se emplea con frecuencia esta legumbre en las afecciones del pecho, puede, pues, que produzca algún resultado. En cuanto a mí, repito, que ha bastado la vista de algunas conchas fósiles para curarme en el acto.

Casi a la mitad de la altura encontramos en el camino una cuadrilla de muleros que llevaban setenta mulas cargadas. Es muy entretenido oír los gritos salvajes de los conductores y contemplar la larga fila de los animales que parecen muy pequeños por no haber más término de comparación que las inmensas montañas peladas por donde caminan. Cerca del vértice el viento es, como de ordinario, frío e impetuoso.

Atravesamos algunos campos extensos de nieves perpetuas que pronto van a encontrarse cubiertos por nuevas capas. Llegados a la cumbre, miramos alrededor y se nos presenta el más soberbio espectáculo. La atmósfera límpida, el cielo azul intenso, los valles profundos, los picos desnudos con sus formas extrañas, las ruinas amontonadas durante tantos siglos, las rocas de brillantes colores que contrastan con la blancura de la nieve, todo lo que me rodea forma un panorama indescriptible. Ni plantas, ni pájaros, fuera de algunos cóndores que se ciernen sobre los picos más altos, distraen mi atención de las masas inanimadas. Me siento feliz de estar solo; experimento lo que se siente cuando se presencia una tempestad tremenda o cuando se oye un coro de El Mesías ejecutado por una gran orquesta.

En varios campos nevados encuentro el Protococcus nivalis, o nieve roja que tan bien nos han dado a conocer los relatos de los viajeros árticos. Las huellas de nuestras mulas se vuelven rojo pálido como si tuviesen los cascos impregnados de sangre, lo que me llama la atención, haciéndome suponer al principio que procediese tal rubicundez del polvo de las montañas próximas compuestas de pórfido rojo; porque el efecto amplificante de los cristales de la nieve, hacía que estos grupos de plantas microscópicas apareciesen como otras tantas partículas groseras. No tiene la nieve el tinte rojo más que en los puntos en que se ha fundido muy pronto o donde ha sido accidentalmente comprimida. Una poca de esta nieve frotada sobre un papel, comunica a éste un ligero tinte rosa mezclado con rojo de ladrillo; quito enseguida lo que hay sobre el papel y encuentro grupos de esferitas con cubiertas incoloras, y que cada una tiene una milésima de pulgada de diámetro.

Como ya he dicho, el viento en la cima del Peuquenes es por lo común fuerte y muy frío; se dice que sin variación sopla del oeste o del Pacífico. Como la mayor parte de las observaciones se han hecho en verano, debe considerarse este viento como una corriente inversa superior. El pico de Tenerife que tiene menor elevación y que se halla situado a los 280 de latitud, también está colocado en una corriente inversa superior. A primera vista parece raro que los vientos alisios, a lo largo de las partes septentrionales de Chile y en la costa del Perú, soplen casi siempre del sur; pero cuando se reflexiona que corriendo la cordillera de norte a sur intercepta como gigantesco muro toda la corriente atmosférica inferior, se comprende que aquellos vientos se dirijan hacia el norte, siguiendo la línea de las montañas, atraídos como lo están hacia las regiones ecuatoriales, y que pierdan por eso una parte del movimiento oriental que les comunica la rotación de la tierra. En Mendoza; en la vertiente oriental de los Andes, son muy largas las calmas y muchas veces se ven formarse tempestades que no descargan. Sin esfuerzo se comprende que en este mundo viene a estar el viento como si dijésemos estancado e irregular, porque lo detiene la cadena de montañas.

Después de haber atravesado el Peuquenes, bajamos a una región montañosa situada entre las dos cadenas principales y nos disponemos a pasar allí la noche. Hemos entrado en la República de Mendoza. Nos hallamos a 11.000 pies de altura, por lo que es en extremo pobre la vegetación. Empleamos como combustible la raíz de una planta raquítica, y no logramos más que un fuego miserable: el viento es sumamente frío.

Extenuado por las fatigas del día hago mi cama lo más pronto posible y me duermo. Despierto a media noche y noto que el cielo se ha cubierto por completo de nubes; despierto al arriero para saber si tendremos que temer que nos sorprenda el mal tiempo, y me dice que no hay peligro de nevada, porque éstas se anuncian siempre con truenos y relámpagos. De cualquier modo, el peligro es muy grande y muy difícil de sustraerse a él, cuando sorprende al viajero el mal tiempo en esta región situada en las dos cadenas principales. El único refugio es una caverna que hay allí. Mr. Caldcleugh, que ha atravesado la montaña en la misma época, estuvo encerrado algún tiempo en esta caverna a causa de una tempestad de nieve. En este punto no han hecho como en el Upsalla casuchas o habitaciones de refugio; por lo cual es más frecuentado el Portillo en otoño. Bueno es observar que en la cordillera no llueve nunca: en verano está siempre el cielo limpio; en invierno no hay más tempestades que las de nieve.

Como consecuencia de la altura a que nos encontramos es mucho menor la presión de la atmósfera y cae el agua a temperatura mucho más baja: viene a suceder lo contrario que acontece en la marmita de Papin. Por esta razón, aunque dejamos las patatas muchas horas en el agua hirviendo, salen tan duras como cuando las echamos. La olla ha estado toda la noche al fuego; por la mañana procuramos que hierva de nuevo, pero las patatas no se cuecen. Oyendo discutir la causa de este fenómeno a mis dos acompañantes, me entero de que habían encontrado una explicación, en realidad, muy sencilla: «Esta pícara marmita, decían (era una marmita nueva), no quiere cocer las patatas».

22 de marzo. Después de almorzar, sin patatas, atravesamos el valle dirigiéndonos al pie del Portillo. Durante el verano traen a este sitio a pastar algunos ganados, pero está ya tan avanzada la estación, que no queda un solo animal; los mismos guanacos se han ido ya, comprendiendo que si se dejan sorprender por una nevada ya no podían salir. Admiro al pasar una masa de montañas llamada Tupungato, que está completamente cubierta de nieve y en el centro tiene una mancha azul, un ventisquero sin duda, pero muy raro en estos lugares. Entonces comenzamos otra larga y penosa ascensión como la del Peuquenes. Inmensos picos de granito rosa se elevan alrededor nuestro; los valles están cubiertos de nieves perpetuas. Durante el deshielo, habían tomado esas masas congeladas, en varios puntos, la forma de columnas muy elevadas y tan próximas las unas a las otras que apenas cabían las mulas a pasar entre ellas. En una de estas columnas de hielo descansa como en un pedestal un caballo helado, con las patas en el aire. Creo que este animal ha debido caer en un hoyo cabeza abajo, estando lleno de nieve el hoyo, y luego durante el deshielo han desaparecido las partes que lo rodeaban.

En el momento de llegar al vértice del Portillo nos rodea un verdadero chaparrón de nieve, incidente que siento mucho, porque me impide disfrutar de la vista del país, prolongándose todo el día. El paso ha recibido el nombre de Portillo por ser tina grieta, a manera de puerta, tallada en la parte más alta de la cadena, y por lo cual pasa el camino. Cuando el aire está limpio pueden verse desde este punto las inmensas llanuras que sin interrupción se extienden hasta el Atlántico. Bajamos hasta el límite superior de la vegetación y encontramos allí un abrigo para la noche debajo de algunos bloques inmensos de roca. En aquel sitio encontramos varios viajeros que nos agobian a preguntas sobre el estado del camino en los pasos superiores.

Al cerrar la noche se disipan de improviso las nubes, produciendo un efecto mágico. Resplandecen las grandes montañas a la luz de la luna y parecen desplomarse alrededor nuestro como si nos hallásemos en una profunda grieta; este mismo espectáculo me sorprende más por la mañana. Tan pronto como desaparecen las nubes comienza a helar de un modo terrible, pero como no hace viento pasamos la noche bastante bien.

A esta altura, la luna y las estrellas brillan con un resplandor extraordinario, gracias a la admirable transparencia del aire. Dos viajeros se han extendido mucho acerca de lo difícil que es juzgar de la altura y distancias en un país de elevadas montañas, a causa de la falta de puntos de comparación; pero yo creo que la verdadera causa de esa dificultad se halla en la transparencia de la atmósfera, que es tal, que se confunden unos con otros los objetos situados a distancias muy diferentes, y también por la fatiga corporal que causa la ascensión, el hábito se impone en estos casos a la evidencia que manifiestan los sentidos. La extremada transparencia del aire da al paisaje un carácter particular: todos los objetos parece que se encuentran en el mismo plano como en un dibujo o un panorama. Creo que esa transparencia procede de la gran sequedad de la atmósfera. Repetidas pruebas tengo de ello en las molestias que me causa el martillo de geólogo, cuyo mango se encoge extraordinariamente, en la dureza que adquieren los alimentos, como el pan y el azúcar, en la facilidad con que puedo conservar pieles y carne de animales, que se hubiesen destruido durante nuestro viaje.

A la misma causa atribuyo la extraordinaria facilidad con que la electricidad se desarrolla en estos parajes. Mi camiseta de franela, frotada en la oscuridad brilla como si estuviese barnizada de fósforo; los pelos de los perros se erizan y crujen; hasta las telas y correas de nuestro equipaje echan chispas cuando las tocamos.

Maiponolopillán y otros loncos

Texto: Gaston Soublette / Imágenes: Memoria Chilena


“En ese siglo XVI de la conquista, la zona metropolitana estaba dividida en sub zonas gobernadas por diferentes “Loncos”. El del Cajón del Maipo se llamaba MAIPONOLOPILLAN. Este nombre, por su etimología, remite a la idea de un jefe dotado de poderes paranormales (pillán), que tiene “garra” capaz de trazar un surco profundo en la tierra.”

Los chilenos somos olvidadizos, por eso nos deshacemos fácilmente de nuestras tradiciones. El pasado de este país está lleno de bellas historias que dan cuenta de un Chile con carácter, de una sociedad con estilo, de un pueblo con identidad cultural. En eso los indígenas nos aventajan a los “huincas”. Los mapuches son un ejemplo de amor a lo propio que el hombre blanco de esta tierra nunca ha tenido.

Compendio della storia geografica, naturale, e civili del regno del Chile. Bologna Nella stamperia di S. Tommaso D’Aquino, 1776.

Por eso al chileno común no le interesa su pasado. Da la impresión de que por creer en el progreso material, y solamente en esa forma de progreso, se desvincula de su pasado, al que mira con un tiempo de “atraso”, sin detenerse a pensar que lo que ha llegado a ser hoy depende en gran medida de lo que ha sido en otros tiempos.

Si Chile tiene aún buenos poetas, es porque en otros tiempos vivió poéticamente. En este artículo me propongo recordar sumariamente algunos momentos de ese otro Chile que se nos fue.

Cuando lo españoles entraron en el valle de Santiago tuvieron que avanzar por los faldeos de las colinas de Batuco, porque toda le pradera con que se inicia el valle estaba cubierta de agua. Un agua poco profunda, a lo sumo de dos metros de profundidad. Eran grandes pantanos con cañaverales. De eso sólo queda como recuerdo la precaria laguna de Batuco, y los totorales que bordean la ruta 5, a la altura de Lampa.

En ese siglo XVI de la conquista, la zona metropolitana estaba dividida en sub zonas gobernadas por diferentes “Loncos”. El del Cajón del Maipo se llamaba MAIPONOLOPILLAN. Este nombre, por su etimología, remite a la idea de un jefe dotado de poderes paranormales (pillán), que tiene “garra” capaz de trazar un surco profundo en la tierra. Seguramente, formado en las técnicas de ingeniería hidráulica del imperio incaico, su nombre sugiere que fue él quien inicio las faenas que abrieron el canal que hoy se denomina “Canal del Maipo”, adelantándose a O’higgins, quien figura en la historia oficial como el constructor de esa obra.

La localidad de Colina debe su nombre no a este tipo de monte de poca altura que llamamos colina, sino al nombre de su lonco, que era COLIN. En esa región había un templo de las vírgenes del sol, cuyos últimos vestigios fueron demolidos hace unos treinta años, por ignorancia.

La localidad de Lampa debe su nombre también a un lonco, cuyo último descendiente se ha distinguido como cantor a lo poeta. Lo conocí en un encuentro folklórico que se realizo en el trato Caupolicán. Entiendo que es bisnieto del último lonco de lampa.

El monte Huechún, que se alza frente a la ruta 5 a la altura del poblado de Montenegro, debe su nombre a que es una réplica, a escala humana, del Aconcagua, que se divisa al fondo en la alta cordillera de Los Andes. Porque ese nombre significa la “cumbre”, es decir, lo mas alto, y está claro que no se trata de un monte de gran altura (1800mts.). pero mirado desde la ruta en cierto ángulo, en un día de mucha claridad, revela su secreto cuando descubrimos que es la imagen terrenal (que parece diseñada a pantógrafo) de aquellas otras alturas celestiales. En su cumbre, y mirando hacia el Aconcagua tiene grabado en la roca más alta un petroglifo del sol. Bordeando los causes de las aguas lluvias que bajan de él hay varias rocas horadadas con bellas y lustrosas tazas, altares de sacrificio para las divinidades que cuidaban las vertientes.

Bajando la cuesta que conduce del nivel del Huechún, Montenegro y Rungue, se llega al nivel de Lampa. Hacia el norte se divisa desde la ruta un monte rocoso y empinado, llamado Quilapilún. Su nombre quiere decir “tres orejas”, y se relaciona con el poder que algunos chamanes indígenas tenían de poder escuchar lo que nadie escucha, con la ayuda de un “pimuntúe”, piedra horadada de perforación cilíndrica, generalmente hecha de piedra marmórea, o basalto negro muy duro. Ese monte es el límite norte de un pequeño valle o cajón llamado de las tórtolas, hoy ocupado por el relave de la mina la disputada de la Exxon Company. El tranque de relave cubrió los innumerables altares de sacrificio con piedras tazas de un santuario que allí había, dedicado a los ritos de la fertilidad. Por eso la colina que da acceso al cajón se denomina “canto de la rana”, animal que simboliza la fertilidad.

El nombre de Limache, viene de una palabra compuesta: Lic-machi, que significa “machi blanco” o “machi de raza blanca”. Se refiere a un conquistador español de apellido Calvo, que se casó con una hija del inca Atahualpa, por lo cual fue perseguido por Francisco Pizarro. El inca protegió a su yerno y lo mandó clandestinamente a Chile, con la misión de ponerse e las órdenes del cacique Michimalonco, en Quillota, donde éste tenía su cuartel general. Calvo abjuró de su nacionalidad y devino un toqui mapuche reconocido como un gran estratega.

Vivió en el valle de Limache con su princesa incaica, y es el único hombre de raza no mapuche que fue ordenado machi, en atención a su afición al saber oculto y a su matrimonio con la hija del gran emperador del norte, bajo cuyo dominio se encontraba la región que hoy llamamos metropolitana, y también la quinta región y todo el territorio que se extiende hasta el río Maule…

Muralismo, Sentido y Color

Texto y Fotos: Benjamín Bustos

Destacado muralista nacional, Luis Henríquez “Mico” llena de sentido y color muros de San José de Maipo junto a vecinos y vecinas del sector

Confección Mural No Alto Maipo
Confección Mural No Alto Maipo

El dibujante y muralista de larga trayectoria nacional Luis Henríquez, más conocido como “Mico”, junto a la Coordinadora Ciudadana Ríos del Maipo (CCRM), Movimiento Autonomista Zonal Cordillera y Restauran Los Huevos de Oro fueron los protagonistas, el pasado sábado 9 de julio, de la obra que se encuentra entrada al pueblo de San José de Maipo en los muros del mencionado Restauran.

La vocera del movimiento en contra del Proyecto Alto Maipo (CCRM) Marcela Mella,  nos comenta cómo surge la idea de hacer un mural en conjunto:

“Hace tiempo nos daba la vuelta la idea de hacer unas actividades en nuestro territorio, una actividad que entregará una señal de conciencia de información y de que nosotros vamos a seguir dando esta lucha hasta las últimas consecuencias. Surgió la posibilidad de hacerlo con Mico, un muralista bastante destacado y con el ofrecimiento del Movimiento Autonomista del Zonal Cordillera. Ha sido un trabajo colectivo y estamos desde temprano trabajando, tamvién estamos muy contentos por recuperar espacios en nuestro territorio”

Víctor Valenzuela, vecino de San José de Maipo y parte del Movimiento Autonomista nos da más detalle del trabajo conjunto:

“Nace el mural junto a la Coordinadora Ciudadana No Alto Maipo con quienes siempre hemos tenidos buenas relaciones en cuanto al tema medio ambiental. Ellos vieron nuestro mural anterior en Villa los Aromos (Puente Alto) y ahora estamos trabajando todos junto a los vecinos de San José de Maipo. Como siempre Luis Henríquez, más conocido como Mico, nuestro amigo frenteamplista puso a disposición su apoyo.”

boceto y pinturas del mural

Para finalizar el destacado muralista “Mico” nos habla de la importancia de estos murales que llenan de color, esperanza y reflexión los muros del Cajón del Maipo:

“Lo que más me entusiasmó de la invitación era hacer un mural que se pintara con la comunidad, con los integrantes de No Alto Maipo, con los que están participando y se están movilizando, con los mismos vecinos, con niños, con jóvenes y adultos. No es la idea que venga un artista afuerino a dejar un testimonio, por muy bonito que sea, lo interesante es dejar algo propio, que su diseño fuera participativo y su confección también fuera participativa. Yo de hecho no firmo el mural porque no es una obra mía, es una obra colectiva. Por supuesto tiene un sentido que es seguir difundiendo, haciendo propaganda, agitando una lucha que no termina, por medio de un mensaje colorido, artístico y que le haga sentido a la gente cuando lo observe. No estamos ni rayando, ni estropeando el muro, sino que hermosiandolo y entregando un mensaje, en este momento es más pertinente que nunca hacer murales como estos en la comunidad del Cajón del Maipo”

Luis Henríquez “Mico” en Mural San José de Maipo

Museo Artístico Literario abre sus puertas al público en San José de Maipo

Casa Cultura Dedal de Oro, Museo Artístico Literario

El nuevo Museo Casa Cultura Dedal de Oro busca dar respuesta a las necesidades de contar un museo en San José de Maipo, una comuna cargada de un gran patrimonio y riqueza cultural. El nuevo espacio cultural se inserta en la antigua casa del escritor y premio nacional de literatura Eduardo Barrios, construcción que forma parte de la tradicional arquitectura de la zona y su paisaje histórico.

Sus exposiciones están conformadas por importantes referentes de la cultura a nivel nacional, todos vinculados al Cajón del Maipo, como son el premio nacional de literatura Eduardo Barrios, el destacado escritor Juan Emar, o los premios nacionales de artes plásticas Gracia Barrios y José Balmes.

El Museo se encuentra ubicado Calle Dedal de Oro (altura calle Comercio 1900, entrada del Pueblo de San José de Maipo). Sus horarios son sábados, domingos y festivos de 11.30 a 19.00 horas.

 

La carreta del Diablo

Recopilado por Julio Arancibia O.

Hace muchos años, el Diablo, transformado en huaso elegante, vestido de negro, solía pasearse en su incógnita y llamativa carreta por la vía que unía los poblados del Cajón, hoy llamada Camino al Volcán. Según los que le han visto, la descripción de la escena de la carreta es la siguiente: “Los caballos que tiraban la carreta apestaban, como su conductor, a putrefacción y azufre, y eran de color negro azabache, de ojos rojos como la sangre y de aliento de muerte”. Cada vez que se sentía a lo lejos el ruido de los cascos de los caballos golpeando contra la endurecida tierra y el rechinar de las ruedas de madera en medio de la noche quieta, todos sabían, secretamente, que Mefistófeles había salido a buscar almas o a presagiar alguna muerte. la-carreta-del-diablo

También el relincho de los caballos delataba la presencia del Príncipe de las Tinieblas, esos relinchos aterradores, como gritos de miles de almas encerradas gimiendo su martirio en lo hondo y quemante del infierno. Entonces, si la carreta se detenía frente a la propiedad de algún poblador, todos adivinaban, y desgraciadamente nunca se equivocaban, que allí moriría en poco tiempo alguno de sus moradores.

Fue por aquella época, bajo la influencia de esa atmósfera, que un hombre ya olvidado (al que para mejor entendimiento de nuestros lectores le pondremos el nombre de Pedro), dueño de una pequeña parcela en el pueblito de Melocotón, hizo pacto con Luzbel. Pedro hizo su terrible trato durante una fría y silenciosa noche. Esperó la carreta y encaró al Maligno en persona. Una vecina, de esas que suelen husmear lo inacostumbrado y secreto, lo vio esa noche, escondida tras unos matorrales frondosos, y fue ella la que corrió el rumor que constituye hoy la parte esencial del relato.

Era una noche fría, oscura y silenciosa. Ya todos dormían y ninguna alma vagaba por las calles. La mujer vecina de Pedro, que quizás en qué virtuosos o pecaminosos pasos andaba esa noche, sintió un sonido de cascos de caballos y el rechinar y crujir de maderas. Volvió la cabeza, y entonces la suave brisa trajo hasta sus narices un efluvio de azufre y pudrimiento. Luego se percató de que el ruido cesaba, de que el silencio era inmenso, y, oculta tras unas matas, vio la silueta de una carreta que se detenía. Entonces oyó el infernal relincho de un potro de la muerte y luego el pausado respirar del Señor Oscuro. Sintió miedo, como si su alma fuera atraída irresistiblemente por el mal, por el pecado, por la tentación. Sentado bajo un árbol seco y deshojado, esperaba Pedro. La mujer sintió que su cuerpo temblaba, que su alma se le escapaba por las narices y que sus huesos se astillaban. Sus sentimientos eran contradictorios. Horrorizada, miró hacia el cielo, y entonces se identificó con la luna que ahora mostraba su fisonomía de niña enamorada de la noche y no del sol. Bajó la vista y vio a Satanás ofreciendo a Pedro un papiro arrugado y viejo para que firmara con su sangre su fatal destino de multimillonario con buena salud. Y Pedro aceptó, mientras su vecina salvaba su espíritu pensando que más vale un alma pobre y llena de vida que un potentado sin felicidad ni alma propia…

De un día para otro Pedro ya no fue Pedro, sino Don Pedro, y adquirió riquezas, muchas tierras, prestigio y fama. Tanta reputación y popularidad, más el incontenible avanzar del tiempo, sin embargo, hicieron que Don Pedro olvidara su convenio con Satán. Aunque toda la gente de esos poblados comentaba el famoso pacto entre Don Pedro y el Diablo, este repentino millonario siempre callaba el origen de sus posesiones. De tanto callar, terminó olvidando.

Pero lo que está escrito y firmado se cumple. Pasaron los años y Don Pedro envejeció, hasta que treinta años después llegó la noche en que, según el trato olvidado por uno pero no por otro, el Espíritu del Mal se presentaría para llevarse a su nueva presa. Esa noche, Don Pedro, más olvidadizo que nunca, se sintió atraído por la fría oscuridad y por el silencio, por la hermosa calma que todo lo envolvía, y salió en su lujoso carruaje tirado por caballos fina sangre por las desiertas calles de polvo. El destino se cumplió: en esa ocasión Don Pedro desapareció. Se cuenta que tiempo después, en lo que hoy se conoce como el sector de El Toyo, una mañana heladísima apareció el carruaje de Don Pedro, en la que estaba sólo su chupalla. No había ningún rastro de su cuerpo. Se le buscó por casi todo el valle del Maipo, pero nunca, jamás apareció.

DOÑA PITA, CANTORA, RECUERDA A DON EDUARDO, ESCRITOR

Reminiscencias

Carmen Barrios, más conocida en el Cajón del Maipo como Doña Pita, vive en la vieja casona familiar de San José, donde también funciona la oficina de Dedal de Oro. Esta vez Doña Pita no nos va a cantar, como suele hacer animando diversas fiestas de la región, pues hoy quiere hablarnos de su padre, Eduardo Barrios, Premio Nacional de Literatura y, hasta su muerte, distinguido vecino del Cajón del Maipo.

Foto: jpyb, invierno 2003. Doña Pita en el patio de su casa en San José.

Foto: jpyb, invierno 2003. Doña Pita en el patio de su casa en San José.

Por 1920 mi papá llegó a San José a reponerse de una enfermedad que lo tenía mal. Mi mamá ya estaba embarazada de mí. Aquí se enamoró del lugar y decidió comprar la casa, que estaba recién empezando a ser construida, y tiempo después compró también el fundo Lagunillas. Yo nací al año siguiente, y comenzamos a venir durante los veranos, desde la Pascua hasta pasada la Semana Santa, que era la fecha en que se hacían los rodeos en Lagunillas. La familia entera veraneaba aquí, y los niños siempre llegábamos a Santiago varios días atrasados al colegio. También veníamos en septiembre, para los días del 18, y por esas fechas era tradición pintar la fachada de la casa para que se viera bonita. Una vez mi papá la hizo pintar de blanco, a la cal, con negro abajo, con las ventanas de madera verde y amarillo oro. Contrató gente y salía a ver cómo iba quedando. A la mañana siguiente amaneció precioso, el cielo azul, y mi papá se levantó feliz a mirar la casa recién pintada, la cal ya seca, y salió vestido de huaso y se llevó la sorpresa de que en el muro más grande habían escrito en negro, con carbón: “pico”. Primero se enfureció, pero le duró poco, porque de repente le dio un ataque de risa, nos llamó para que miráramos y lo dejó así, ya que era tradición chilena. Nos reímos mucho.

Mi papá, en los días de Semana Santa, acostumbraba a recorrer a caballo la zona. Iba a Baños Colina, Baños Morales, el Alfalfal, etc., y llevaba mulas cargadas con víveres y cosas para acampar, acompañado de campesinos. Me acuerdo de Don Estanislao Calderón, que era muy mayor, muy imaginativo, muy entretenido. Contaba historias de aparecidos y leyendas del Cajón del Maipo. En esos tiempos mi papá escribía en los diarios “Las Últimas Noticias” y “El Mercurio”, y en un artículo puso que en sus viajes a las termas conversaba mucho con un oriundo del Cajón que era muy imaginativo, y también “algo mentiroso”. Esto lo supo Don Estanislao, y al próximo año, cuando volvieron a acampar, Don Estanislao dijo que esa noche cocinaría él, y después le sirvió una sopa especial a mi papá. Resulta que a Don Estanislao no le había gustado que hubiera dicho que era mentiroso, así que en la sopa echó el artículo escrito por mi papá en forma de papel picado. Mi papá ya se había tomado su buen poco antes de darse cuenta. Y así se vengó Don Estanislao, muerto de risa. Decía: Me vengué del “jutre”, se comió casi toda la sopa.

Eduardo Barrios (derecha) junto a Carlos Ibáñez del Campo, de quien fue ministro de educación en sus dos gobiernos.

Eduardo Barrios (derecha) junto a Carlos Ibáñez del Campo, de quien fue ministro de educación en sus dos gobiernos.

Aquí mi padre tuvo criadero de aves, crió perros bravos, tenía sus caballos. El gran potro de Lagunillas se llamaba el Clarión, era muy chúcaro, pero recibía los terrones de azúcar de la mano de mi papá. Y a mi mamá le encantaba dedicarse a hacer dulces de todas las frutas que se daban aquí en la quinta. También hacía duraznos en almíbar y en aguardiente. Lo que más me gustaba a mí y a mis hermanas era cuando hacía manjar blanco. Después, siempre nos peleábamos el pegado de la olla. También recuerdo que tomábamos del llamado mate de cedrón con leche y azúcar quemada, que era un preparado que les gustaba mucho a los campesinos de la zona. Y no olvido los velorios de los niños, “los angelitos”. Las guaguas estaban pintadas y llenas de flores de papel.

Una vez mi papá le regaló al cuidador una vitrola con manivela. A mí me gustaba El sueño chino, un disco de la casa, y mi papá se lo regaló junto con la vitrola. Me enojé mucho, pero el cuidador nos ponía música y nosotras bailábamos, y una vez le dijimos a mi papá que tenía que bailar con nosotras, y bailaba pésimo, se movía como si se hubiera hecho caca. Por Dios que nos reíamos.

La calle, que ahora está pavimentada y llena de autos, era de tierra y pasaban caballos y ovejas. Frente a toda la casa había una vara para amarrar los caballos. Los niños salíamos a jugar a la vara, y nos reíamos de un gran personaje que vivía al frente, la abuela de nuestro ex cartero Bernardo, que era muy garabatera. Se enojaba y decía cualquier clase de garabatos. Salía a la calle con un pañuelo amarrado a la cabeza y gritaba con voz estridente tiqui tiqui tiqui tiqui tiqui tiqui y llegaban todas las gallinas del cerro a comer. Jugando, también imitábamos a la señora Juanita, que andaba a caballo sentada de lado vestida con ropón y con una guagua en brazos. Cada año con una guagua distinta, yo no sé cuántas guaguas tuvo. La imitábamos y hacíamos una montura en una parra en forma de asiento y yo me ponía tardes enteras a andar a caballo en la parra con una muñeca en los brazos, como la señora Juanita Mardones. Los Mardones eran un montón. También íbamos a donde Don Angel Astorga, el papá de la Margarita, de la verdulería, y abuelo de Adolfo. Íbamos a La Canchilla a tomar leche al pie de la vaca. Era pésima, pero nos hacían tomar porque según toda la gente era una maravilla tomar leche al pie de la vaca. Tenían una vaca especial para nosotras cuando éramos chicas.

A mi papá una vez le bajó la idea de que había un entierro por aquí en uno de los cerros. Empezó a hacer excavaciones y después de un tiempo encontraron unas vasijas y otras cosas, entonces pensó que después tendría que venir el tesoro, oro, joyas, que debían haber enterrado los españoles. Y llegó a la casa con la buena noticia y todos nos sentíamos millonarios ya. Así que empezamos a quemar todas las sillas viejas y otras cosas malas en una fogata enorme, porque íbamos a comprar todo nuevo. Pero nunca más se encontró nada más, nunca más se supo del entierro.

Nosotros los niños lo pasábamos estupendo, Angélica, Gracia y yo, las tres hermanas. Mucho de la vida de mi papá pasó en esta casa, como el nacimiento de Angélica, la menor, y la redacción de la novela Los Hombres del hombre. Y hoy, la casa sigue aquí, es lo más mío que tengo, toda una vida. Dos de mis hijos viven también aquí, y uno de ellos es el director de esta revista Dedal de Oro, el que me pidió que recordara estas cosas.

octubre 2012, Dedal de Oro N° 12.

PAPÁ Y MAMÁ

Por Eduardo Barrios

A prima noche, en la paz de una calle de humildes hogares.

Un farol, tras el ramaje ralo y polvoriento de un árbol, alumbra el muro de ladrillos desnudos. Próxima se abre la ventana de la salita modesta, en cuya penumbra se opaca el espejo, brilla el inmenso caracol que sobre la consola canta su sorda y evocadora canción de mar y se desdibuja la esposa sentada en el vano del balcón.

A menudo el hombre se hace la víctima: tiene que cargar con la mujer.

A menudo el hombre se hace la víctima: tiene que cargar con la mujer.

Es joven, la esposa; tiene el rostro empalidecido por la luz de la calle; los ojos, como fijos en pensamientos.

¿Qué piensa la esposa todas las noches a esa hora, cuando el marido, en acabando de comer, sale? ¿Qué piensa todas las noches, sentada en el vano del balcón, mientras la criada lava dentro la vajilla y los niños juegan un rato en la acera embaldosada y resonante…? ¿Añora? ¿Sueña…? ¿O simplemente se rinde a escuchar el péndulo que en el misterio de la sombra marca el paso al sigiloso ejército de las horas…?

Es plácida, la noche. El cielo, claro: nubes transparentes blanquean en el azul ya lechoso, la vía láctea empolva una banda de paz, hay una polvareda de estrellas y, muy blanca y muy redonda, la luna recuerda viejas estampas de romanticismo y de amor.

Dos niños juegan en la acera: Ramón y Juanita. Un tercero, nene que aún no anda, sentado en el peldaño de la puerta de calle, escucha incomprensivo y mira con ojos maravillados. Ramoncito ha mudado ya los dientes; es vivo, muy locuaz y sus piernecillas nerviosas están en constante movimiento. Juanita es menor. Sentada como el nene sobre la piedra del umbral, acomoda en un rincón de la puerta paquetitos de tierra, y botones, y cajas de fósforos, y palitos…

Juegan a la gente grande, porque ellos, como todos los niños, sienten, sobre todo en las noches, una inconsciente necesidad de imaginar y preparar la edad mayor.

Ramoncito (deteniéndose frente a su hermana, con las manos en los bolsillos y las piernas abiertas): ¿A qué jugamos, por fin?

Juanita: Ya, ya está el almacén listo (y corrige la alineación de los botones y las cajitas).

R: Pero ¿vamos a jugar otra vez a las compras?

J: Es claro, sigamos. Yo soy siempre la madama, y tú me sigues comprando. ¿No ves que mucha gente de todas estas casas no me ha comprado nada todavía…? Ni la hija del sastre, ni el tonto de la cité

R: Bueno. Entonces, ahora soy el chiquillo tonto de la cité. (Se aleja unos pasos hacia la esquina. Luego vuelve, silbando, a pasos desconyuntados, arrastrando los pies, rayando el muro. Con voz gangosa): Madama, madama, dice mi mamá que me diga qué hora es y que me dé la llapa en huesillos.

J (muy seria en su papel de madama indignada): ¡Ah, estúpido qui sei! Dile a tua mama que me pague el demanche que le fié a la matina. (Pero sobreviene una pausa desairada. A Ramoncito ya no le divierte aquello.)

R: Mira, mejor juguemos a otra cosa. Siempre al despacho, aburre.

J (palmoteando): Al abuelito, ¿quieres? A contar cuentos.

R: Oye, ¿para qué le servirán los anteojos al abuelito?

J: ¡Tonto! Para ver.

R: Así decía yo; pero ¿no te has fijado que para hablar con uno mira por encima de los vidrios y para leer se los pone sobre la frente?

J: Cierto. ¿Para qué le servirán los anteojos al abuelito?

R: Bueno, bueno. Juguemos a…

J: ¿A la casa?

R: Ya.

J (con creciente entusiasmo): ¿Al papá y a la mamá? Yo soy la mamá, o la cocinera… Lo mismo da, como tú quieras. Las dos, puedo ser las dos.

R (improvisando un bastón con una ramita seca que recoge del suelo): Yo, el papá. Llego del trabajo, a comer, pidiendo apurado la comida, que tengo que ir al teatro. ¿Te parece?

J: Espléndido. (Y renace la animación. La chica da nuevo acomodo a las cajas de fósforos, agrupa los botones, desenvuelve la tierra. Entretanto, Ramoncito, erguido, braceando y a largos pasos que retumban en las baldosas, vuelve otra vez de la esquina.)

R: ¿Está esa comida, Juana…? Pronto, ligerito, que tengo que salir.

J: Voy a ver, Ramón, voy a ver… Esta cocinera es tan despaciosa… (Se vuelve hacia su fingida cocinera y pregunta): ¿Mucho le falta, Sabina? ¿Sí…? ¡Ave María! (El chico levanta los brazos, admiradísimo. Luego frunce el ceño, se ha enfadado súbitamente.)

R: ¡Qué! ¿no está todavía esa comida?

J: Ten paciencia, hijo, por Dios… A ver, mujer, déjeme a mí. Páseme el huevo, la harina… Eche más carbón… ¡Viva, anímese…!

R (que ha emprendido una serie de furiosos paseos bastón en mano, renegando): ¡Habráse visto, hombre! ¡Qué barbaridad! Se mata uno el día entero trabajando, para llegar después a casa y no encontrar ni siquiera la comida lista. ¡Caramba!

J (riendo): Así, así, muy bien.

R (en un paréntesis): No hables de otra cosa. Ahora eres la mamá y nada más. (De nuevo en son de marido tonante): ¿En qué pasan el día entero dos mujeres digo yo?

J: Cosiendo, hijo, y lavando y…

R: Nada. Mentira. Flojeando… ¡Brr…!

J: ¡Dame tu santa paciencia, Dios mío…! ¡Chsss! (Afanada, simula freír, en un botón, un huevo… de paja.)

R: Paciencia… Me das risa. Tengo hambre y estoy apurado… apurado, ¿oyes? Trabajo como un bruto y llego muerto de hambre. ¡Ah! Ya esto no se puede aguantar.

J (que fríe con loco entusiasmo): ¡Chss! Y… este aceite, Dios mío, no sé qué tiene… ¡Chss!

R: ¡Buena cosa…! Está muy bien, muy bien… ¡Ah, y cásese usted! (Sus paseos se hacen cada vez más furiosos.)

J: No te quejes así. Y a los niños, a estos demonios, ¿quién los lava, quién los viste, quién les cose, quién…?

R: ¡Basta! Lo de siempre. Yo no tengo nada que ver con eso.

J: Pero es que… ¡Uy, que se me queman las lentejas…! Pero es que, por un lado, estos niños; por otro lado, la calma de esta mujer…

R (iracundo): Si la Sabina es floja, se manda cambiar. ¡Caramba!

J: Cuidado, Ramón, que cuesta mucho encontrar sirvientes.

R: ¡Qué sé yo! Tú sabrás. Podías aprender de mi madre, ya te lo he dicho. Ésa sí que es ama de casa. (Como Juanita calla, sin atinar a responder, el chico la auxilia:) Enójate un poco tú también. Dime, así, rezongando: “Ya me tienes loca con lo que sirve mi suegra. Ella será un prodigio; pero yo, hijo, ¿qué quieres…? una inútil…” (La chica suelta una carcajada.)

J: ¡De veras! No me acordaba.

R: Dilo, pues. No sabes jugar.

J (entre dientes): “Ya me tienes loca con lo que sirve mi…”

R (rabioso, sin dejarla concluir): ¿Qué? ¿Rezongas?

J: Pásame esa cuchara, Sabina.

R: No, no. Ahora me debías contestar: “¡Ave María! ¡Qué genio! Debes estar otra vez cargado de bilis. Es tiempo de que tomes otro purgantito…” No sabes, no sabes jugar.

J: Espérate. Ahora sí, verás.

R (dándose por replicado y montando en mayor cólera.) ¡Bilis, bilis…! Siempre la culpa ha de ser de uno. ¡Ah, casarse, casarse! Para gastar, para eso se casa uno. Así les digo a mis amigos: cásense y verán…

J (con viveza): Se te olvida una cosa: “¡Ah, si yo tuviera la desgraciada dicha de enviudar!” Y entonces yo te contesto: “No tendrás ese gustazo.” (Pero el hombrecillo se siente herido en su amor propio por la lección y, blandiendo el palo, amenazante, brama):

R: ¡¡¡Callarse!!!

J: Veamos ahora el asado. Sabina, ábreme el horno… (Respondiéndose a sí misma): Ya está, señorita…

R: ¡Ay, ay, ay! ¡Linda vida, esta…! En la oficina, aguantar al jefe; en la calle, los “ingleses”; en el tranvía, las conductoras hediondas, los pisotones, las viejas que han de ir todos los días a misa, nada más que para hacer viajar de pie a los hombres, que vamos al trabajo… o las pollitas, que se largan a despilfarrar en las tiendas lo que a los padres nos cuesta… nuestro sudor.

J: ¡Ah, si tuviera la desgraciada dicha de enviudar…!

R: ¡Imbécil! ¡Celosa!

J: ¿Celosa? No tendría el diablo más que hacer. Ya no, hijo; ya no soy la tonta de antes.

R: ¡Callarse, he dicho! (Y enarbola el palo, amenazador, terrible.)

J (en un nuevo paréntesis): Oye, los palos no los des de veras.

R: ¡Silencio! ¡¡¡Silencio!!! Estoy ya cansado, aburrido, loco… ¡loco…! ¡¡Brrr…!! (Da un garrotazo contra la puerta de calle. La niña se sobrecoge.)

J (realmente azorada): No se te vaya a ocurrir…

R (repitiendo el palo con mayor furia): ¡Chit! ¡Callarse!

J (seria): No juguemos más, ¿quieres?

R: ¡Nada, nada! ¡Pronto, la comida, si no quiere usted que… (El palo cae repetidas veces sobre la puerta, zumba alrededor de la cabecita de la niña, que se alarma cada vez más. El chico sigue echando chispas y vociferando. De pronto, con el palo alzado, se queda mirando a la presunta esposa. En sus pupilas brilla la llama de las travesuras temerarias: aquel brazo armado parece que va a caer, que inicia la descarga en serio sobre la cabeza de la niña. Entonces Juanita tiene primero una sonrisa interrogativa, luego un gesto de miedo. El nene, asustado también, suelta el llanto; y aquí Juanita, como iluminada súbitamente por un recuerdo salvador, suelta botones y pajitas, coge al nene en brazos, se yergue digna y altiva, y dice):

J: ¡Ramón, respeta a tu hijo!