PAPÁ Y MAMÁ

Por Eduardo Barrios

A prima noche, en la paz de una calle de humildes hogares.

Un farol, tras el ramaje ralo y polvoriento de un árbol, alumbra el muro de ladrillos desnudos. Próxima se abre la ventana de la salita modesta, en cuya penumbra se opaca el espejo, brilla el inmenso caracol que sobre la consola canta su sorda y evocadora canción de mar y se desdibuja la esposa sentada en el vano del balcón.

A menudo el hombre se hace la víctima: tiene que cargar con la mujer.

A menudo el hombre se hace la víctima: tiene que cargar con la mujer.

Es joven, la esposa; tiene el rostro empalidecido por la luz de la calle; los ojos, como fijos en pensamientos.

¿Qué piensa la esposa todas las noches a esa hora, cuando el marido, en acabando de comer, sale? ¿Qué piensa todas las noches, sentada en el vano del balcón, mientras la criada lava dentro la vajilla y los niños juegan un rato en la acera embaldosada y resonante…? ¿Añora? ¿Sueña…? ¿O simplemente se rinde a escuchar el péndulo que en el misterio de la sombra marca el paso al sigiloso ejército de las horas…?

Es plácida, la noche. El cielo, claro: nubes transparentes blanquean en el azul ya lechoso, la vía láctea empolva una banda de paz, hay una polvareda de estrellas y, muy blanca y muy redonda, la luna recuerda viejas estampas de romanticismo y de amor.

Dos niños juegan en la acera: Ramón y Juanita. Un tercero, nene que aún no anda, sentado en el peldaño de la puerta de calle, escucha incomprensivo y mira con ojos maravillados. Ramoncito ha mudado ya los dientes; es vivo, muy locuaz y sus piernecillas nerviosas están en constante movimiento. Juanita es menor. Sentada como el nene sobre la piedra del umbral, acomoda en un rincón de la puerta paquetitos de tierra, y botones, y cajas de fósforos, y palitos…

Juegan a la gente grande, porque ellos, como todos los niños, sienten, sobre todo en las noches, una inconsciente necesidad de imaginar y preparar la edad mayor.

Ramoncito (deteniéndose frente a su hermana, con las manos en los bolsillos y las piernas abiertas): ¿A qué jugamos, por fin?

Juanita: Ya, ya está el almacén listo (y corrige la alineación de los botones y las cajitas).

R: Pero ¿vamos a jugar otra vez a las compras?

J: Es claro, sigamos. Yo soy siempre la madama, y tú me sigues comprando. ¿No ves que mucha gente de todas estas casas no me ha comprado nada todavía…? Ni la hija del sastre, ni el tonto de la cité

R: Bueno. Entonces, ahora soy el chiquillo tonto de la cité. (Se aleja unos pasos hacia la esquina. Luego vuelve, silbando, a pasos desconyuntados, arrastrando los pies, rayando el muro. Con voz gangosa): Madama, madama, dice mi mamá que me diga qué hora es y que me dé la llapa en huesillos.

J (muy seria en su papel de madama indignada): ¡Ah, estúpido qui sei! Dile a tua mama que me pague el demanche que le fié a la matina. (Pero sobreviene una pausa desairada. A Ramoncito ya no le divierte aquello.)

R: Mira, mejor juguemos a otra cosa. Siempre al despacho, aburre.

J (palmoteando): Al abuelito, ¿quieres? A contar cuentos.

R: Oye, ¿para qué le servirán los anteojos al abuelito?

J: ¡Tonto! Para ver.

R: Así decía yo; pero ¿no te has fijado que para hablar con uno mira por encima de los vidrios y para leer se los pone sobre la frente?

J: Cierto. ¿Para qué le servirán los anteojos al abuelito?

R: Bueno, bueno. Juguemos a…

J: ¿A la casa?

R: Ya.

J (con creciente entusiasmo): ¿Al papá y a la mamá? Yo soy la mamá, o la cocinera… Lo mismo da, como tú quieras. Las dos, puedo ser las dos.

R (improvisando un bastón con una ramita seca que recoge del suelo): Yo, el papá. Llego del trabajo, a comer, pidiendo apurado la comida, que tengo que ir al teatro. ¿Te parece?

J: Espléndido. (Y renace la animación. La chica da nuevo acomodo a las cajas de fósforos, agrupa los botones, desenvuelve la tierra. Entretanto, Ramoncito, erguido, braceando y a largos pasos que retumban en las baldosas, vuelve otra vez de la esquina.)

R: ¿Está esa comida, Juana…? Pronto, ligerito, que tengo que salir.

J: Voy a ver, Ramón, voy a ver… Esta cocinera es tan despaciosa… (Se vuelve hacia su fingida cocinera y pregunta): ¿Mucho le falta, Sabina? ¿Sí…? ¡Ave María! (El chico levanta los brazos, admiradísimo. Luego frunce el ceño, se ha enfadado súbitamente.)

R: ¡Qué! ¿no está todavía esa comida?

J: Ten paciencia, hijo, por Dios… A ver, mujer, déjeme a mí. Páseme el huevo, la harina… Eche más carbón… ¡Viva, anímese…!

R (que ha emprendido una serie de furiosos paseos bastón en mano, renegando): ¡Habráse visto, hombre! ¡Qué barbaridad! Se mata uno el día entero trabajando, para llegar después a casa y no encontrar ni siquiera la comida lista. ¡Caramba!

J (riendo): Así, así, muy bien.

R (en un paréntesis): No hables de otra cosa. Ahora eres la mamá y nada más. (De nuevo en son de marido tonante): ¿En qué pasan el día entero dos mujeres digo yo?

J: Cosiendo, hijo, y lavando y…

R: Nada. Mentira. Flojeando… ¡Brr…!

J: ¡Dame tu santa paciencia, Dios mío…! ¡Chsss! (Afanada, simula freír, en un botón, un huevo… de paja.)

R: Paciencia… Me das risa. Tengo hambre y estoy apurado… apurado, ¿oyes? Trabajo como un bruto y llego muerto de hambre. ¡Ah! Ya esto no se puede aguantar.

J (que fríe con loco entusiasmo): ¡Chss! Y… este aceite, Dios mío, no sé qué tiene… ¡Chss!

R: ¡Buena cosa…! Está muy bien, muy bien… ¡Ah, y cásese usted! (Sus paseos se hacen cada vez más furiosos.)

J: No te quejes así. Y a los niños, a estos demonios, ¿quién los lava, quién los viste, quién les cose, quién…?

R: ¡Basta! Lo de siempre. Yo no tengo nada que ver con eso.

J: Pero es que… ¡Uy, que se me queman las lentejas…! Pero es que, por un lado, estos niños; por otro lado, la calma de esta mujer…

R (iracundo): Si la Sabina es floja, se manda cambiar. ¡Caramba!

J: Cuidado, Ramón, que cuesta mucho encontrar sirvientes.

R: ¡Qué sé yo! Tú sabrás. Podías aprender de mi madre, ya te lo he dicho. Ésa sí que es ama de casa. (Como Juanita calla, sin atinar a responder, el chico la auxilia:) Enójate un poco tú también. Dime, así, rezongando: “Ya me tienes loca con lo que sirve mi suegra. Ella será un prodigio; pero yo, hijo, ¿qué quieres…? una inútil…” (La chica suelta una carcajada.)

J: ¡De veras! No me acordaba.

R: Dilo, pues. No sabes jugar.

J (entre dientes): “Ya me tienes loca con lo que sirve mi…”

R (rabioso, sin dejarla concluir): ¿Qué? ¿Rezongas?

J: Pásame esa cuchara, Sabina.

R: No, no. Ahora me debías contestar: “¡Ave María! ¡Qué genio! Debes estar otra vez cargado de bilis. Es tiempo de que tomes otro purgantito…” No sabes, no sabes jugar.

J: Espérate. Ahora sí, verás.

R (dándose por replicado y montando en mayor cólera.) ¡Bilis, bilis…! Siempre la culpa ha de ser de uno. ¡Ah, casarse, casarse! Para gastar, para eso se casa uno. Así les digo a mis amigos: cásense y verán…

J (con viveza): Se te olvida una cosa: “¡Ah, si yo tuviera la desgraciada dicha de enviudar!” Y entonces yo te contesto: “No tendrás ese gustazo.” (Pero el hombrecillo se siente herido en su amor propio por la lección y, blandiendo el palo, amenazante, brama):

R: ¡¡¡Callarse!!!

J: Veamos ahora el asado. Sabina, ábreme el horno… (Respondiéndose a sí misma): Ya está, señorita…

R: ¡Ay, ay, ay! ¡Linda vida, esta…! En la oficina, aguantar al jefe; en la calle, los “ingleses”; en el tranvía, las conductoras hediondas, los pisotones, las viejas que han de ir todos los días a misa, nada más que para hacer viajar de pie a los hombres, que vamos al trabajo… o las pollitas, que se largan a despilfarrar en las tiendas lo que a los padres nos cuesta… nuestro sudor.

J: ¡Ah, si tuviera la desgraciada dicha de enviudar…!

R: ¡Imbécil! ¡Celosa!

J: ¿Celosa? No tendría el diablo más que hacer. Ya no, hijo; ya no soy la tonta de antes.

R: ¡Callarse, he dicho! (Y enarbola el palo, amenazador, terrible.)

J (en un nuevo paréntesis): Oye, los palos no los des de veras.

R: ¡Silencio! ¡¡¡Silencio!!! Estoy ya cansado, aburrido, loco… ¡loco…! ¡¡Brrr…!! (Da un garrotazo contra la puerta de calle. La niña se sobrecoge.)

J (realmente azorada): No se te vaya a ocurrir…

R (repitiendo el palo con mayor furia): ¡Chit! ¡Callarse!

J (seria): No juguemos más, ¿quieres?

R: ¡Nada, nada! ¡Pronto, la comida, si no quiere usted que… (El palo cae repetidas veces sobre la puerta, zumba alrededor de la cabecita de la niña, que se alarma cada vez más. El chico sigue echando chispas y vociferando. De pronto, con el palo alzado, se queda mirando a la presunta esposa. En sus pupilas brilla la llama de las travesuras temerarias: aquel brazo armado parece que va a caer, que inicia la descarga en serio sobre la cabeza de la niña. Entonces Juanita tiene primero una sonrisa interrogativa, luego un gesto de miedo. El nene, asustado también, suelta el llanto; y aquí Juanita, como iluminada súbitamente por un recuerdo salvador, suelta botones y pajitas, coge al nene en brazos, se yergue digna y altiva, y dice):

J: ¡Ramón, respeta a tu hijo!

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